El futuro de las vacunas depende de algo que escasea: los monos de laboratorio

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Mark Lewis estaba desesperado por encontrar monos. Millones de vidas humanas corrían peligro en todo el mundo.

Lewis, el director ejecutivo de Bioqual, era el responsable de suministrar los monos de laboratorio a las farmacéuticas como Moderna y Johnson & Johnson, las cuales necesitaban animales para desarrollar sus vacunas contra la COVID-19. Sin embargo, el año pasado, cuando el coronavirus arrasó en Estados Unidos, en el mundo casi no había monos criados especialmente para este propósito.

Ante la falta de suministro de monos para fines científicos, los cuales pueden costar más de 10.000 dólares cada uno, casi una decena de empresas tuvieron que hacer todo lo posible por encontrar este tipo de animales en la parte más álgida de la pandemia.

“Perdimos trabajo porque no pudimos proveer los animales en ese periodo”, dijo Lewis.

El mundo necesita monos, primates con un ADN muy parecido al de los humanos, para desarrollar vacunas contra la COVID-19. No obstante, una prohibición reciente a la venta de vida salvaje procedente de China, el principal proveedor de animales de laboratorio, ha exacerbado una escasez mundial provocada por la demanda inesperada a causa de la pandemia.

La más reciente escasez ha revivido el debate en torno a la creación de una reserva estratégica de monos en Estados Unidos, una reserva de emergencia similar a las de petróleo y granos que mantiene el gobierno.

Debido a que las nuevas variantes del coronavirus amenazan con volver obsoleto el lote actual de vacunas, los científicos se apresuran para encontrar nuevas fuentes de monos y Estados Unidos reevalúa su dependencia de China, un rival con sus propias ambiciones biotecnológicas.

La pandemia ha dejado claro el control que tiene China sobre el suministro de los productos de emergencia, entre ellos las mascarillas y los fármacos que necesita Estados Unidos en una crisis.

Los científicos estadounidenses han buscado tanto en instalaciones privadas como en las que reciben financiamiento gubernamental del sureste de Asia y Mauricio, una diminuta isla al sureste de África, un suministro de sus sujetos de estudio preferidos, los macacos Rhesus y macacos Cynomolgus, también conocidos como macacos de cola larga.

Sin embargo, ningún país puede compensar el suministro de China. Antes de la pandemia, en 2019, China suministró más del 60 por ciento de los 33.818 primates, en su mayoría macacos Cynomolgus, importados a Estados Unidos, de acuerdo con estimados de analistas que se basaron en datos de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades.

Estados Unidos tiene hasta 25.000 monos de laboratorio —en su mayoría macacos Rhesus de cara rosada— en sus siete centros de primates. Desde que empezó la pandemia, entre 600 y 800 de esos animales han sido sujetos de investigación del coronavirus.

Según los científicos, los monos son los especímenes ideales para investigar las vacunas contra la COVID-19 antes de que sean probadas en humanos. Los primates comparten más del 90 por ciento de nuestro ADN y gracias a su biología se les pueden hacer pruebas con hisopos nasales y escanear los pulmones. Los científicos aseguran que es casi imposible encontrar un sustituto para probar las vacunas contra la COVID-19, aunque los fármacos como la dexametasona, el esteroide que usó el expresidente Donald Trump para tratarse, se han probado en hámsteres.

En el pasado, Estados Unidos recurrió a India para el suministro de macacos Rhesus. Pero en 1978, India interrumpió sus exportaciones después de que la prensa india informó que los monos se usaban en pruebas militares en Estados Unidos. Las empresas farmacéuticas buscaron una alternativa.

Al final llegaron a China.

La pandemia alteró lo que había sido una relación de décadas entre los científicos estadounidenses y los proveedores chinos.

“El cierre del mercado chino obligó a todo el mundo a recurrir a un menor número de animales disponibles”, dijo Lewis.

Durante años, varias compañías aéreas, incluidas las principales estadounidenses, también se han negado a transportar animales utilizados en la investigación médica debido a la oposición de los activistas de los derechos de los animales.

Mientras tanto, el precio de un mono cynomolgus se ha duplicado con creces con respecto a hace un año, superando ampliamente los 10.000 dólares, según Lewis. Los científicos que investigan la cura de otras enfermedades, como el alzhéimer y el sida, afirman que su tarea se ha retrasado, ya que los investigadores del coronavirus tienen la prioridad para trabajar con los animales.

A causa de la escasez, cada vez más científicos estadounidenses han empezado a pedirle al gobierno que garantice un suministro constante de los animales.

Skip Bohm, subdirector y jefe de veterinaria del Centro Nacional de Investigación de Primates de la Universidad de Tulane, ubicado a las afueras de Nueva Orleans, señaló que el debate en torno a una reserva estratégica de monos comenzó hace unos diez años entre los directores de los centros nacionales de investigación de primates. Sin embargo, nunca se creó una reserva debido a la cantidad de dinero y el tiempo necesarios para iniciar un programa de reproducción.

“Nuestra idea era algo parecido a una reserva estratégica de petróleo, en el sentido de que hay mucho, pero mucho combustible por ahí que solo se usa en caso de emergencia”, dijo Bohm.

Sin embargo, con el descubrimiento de nuevas variantes del virus que podrían reiniciar la carrera para obtener una vacuna, los científicos aseguran que el gobierno debe tomar medidas de inmediato a fin de crear la reserva.

“La reserva estratégica de monos es justo lo que necesitamos para enfrentar a la covid y simplemente no la tenemos”, opinó Keith Reeves, investigador principal del Centro de Virología e Investigación de Vacunas de la Escuela de Medicina de la Universidad de Harvard.

No obstante, una sólida reserva estratégica tal vez no pueda satisfacer la demanda estratosférica de animales de laboratorio, como se han percatado los investigadores de China. Incluso con una reserva de unos 45.000 monos bajo el control del gobierno, los investigadores de China afirman que también batallan con la escasez.

A menudo, los investigadores recolectan cientos de muestras de un solo mono, cuyos tejidos pueden estar congelados durante años y estudiarse durante largos periodos. Los científicos aseguran que aprovechan al máximo cada animal, pero los monos infectados con COVID-19 no pueden regresar a vivir con otros animales sanos y a la postre deben ser sacrificados.

En enero, Shen Weiguo, director general del Grupo de Capital Riesgo Tecnológico de Shanghái, declaró a los legisladores locales que tres grandes empresas biomédicas de la ciudad necesitaban, y no tenían, 2750 monos de investigación el año pasado, según un informe de los medios de comunicación estatales. Se espera que el déficit crezca un 15 por ciento anual en los próximos cinco años, dijo Shen.

Hubei Topgene Biotechnology cría monos para su propia investigación y para la exportación. Anteriormente, Estados Unidos era su principal destino de exportación, pero actualmente la empresa no tiene suficientes animales para realizar sus propios experimentos, dijo Yan Shuo, director de ventas.

“Ahora, ni siquiera es una cuestión de dinero”, dijo Yan. “Ni siquiera tenemos monos para vender en el extranjero”.

Estados Unidos tiene siete centros de investigación de primates a nivel nacional, donde los animales, cuando no participan en investigaciones, viven en colonias con acceso al exterior y actividades de enriquecimiento. Las instalaciones están afiliadas con universidades y financiadas por los Institutos Nacionales de Salud. Desde hace años, los activistas que defienden el bienestar de los animales han acusado a los centros de cometer abusos, como separar a las crías de sus madres.

Matthew R. Bailey, presidente de la Asociación Nacional de Investigaciones Biomédicas, comentó que se estaba preparando para presentar el problema de la escasez de monos al gobierno de Biden. Bailey mencionó que la decisión que tomó China al inicio de la pandemia de detener las exportaciones “probablemente fue una maniobra prudente de emergencia”, pero sugirió que China podría volver a exportar porque ahora se sabe cómo se propaga el virus.

El Ministerio del Exterior de China declaró que la prohibición no tenía blancos específicos, ni especies ni países.

“En cuanto mejore la situación internacional y se cumplan las condiciones para importar y exportar, China sopesará a detalle aprobar la reanudación de las importaciones y exportaciones y otras actividades relacionadas”, dijo el ministerio en un comunicado.

Los expertos dijeron que Estados Unidos tenía que asumir cierta responsabilidad por no tener suficientes monos de investigación.

Los presupuestos de los centros nacionales de primates se han mantenido estables o han disminuido durante más de una década. Koen Van Rompay, experto en enfermedades infecciosas del Centro Nacional de Investigación de Primates de California, dijo que el gobierno federal pidió al centro que ampliara sus colonias de cría hace unos diez años, pero no le dio más fondos, por lo que al final la colonia se redujo.

“Lo que hicimos en varios casos fue dar a nuestras hembras un control de la natalidad”, dijo Van Rompay. “Así nacían menos crías en primavera”.

En un panel organizado por los Institutos Nacionales de Salud en diciembre de 2018, los científicos discutieron los desafíos que enfrenta el suministro de primates de Estados Unidos. Entonces se tomó conciencia de que “si China decide cerrar el grifo, estaremos en graves problemas”, dijo Jeffrey Roberts, director asociado del Centro Nacional de Investigación de Primates de California.

Los asistentes “coincidieron en que la necesidad de criar macacos cynomolgus en el país es esencial y podría poner en peligro la investigación biomédica en Estados Unidos en su conjunto, si no se satisface”, según un informe de la reunión. “Hicieron hincapié en que quizás ya sea demasiado tarde para abordar esta necesidad, pero sin duda lo será dentro de unos meses”.


Amber Wang y Elsie Chen colaboraron con la investigación.

Sui-Lee Wee es corresponsal de The New York Times en Singapur. Ha cubierto China durante casi una década y escribe sobre temas sociales, género, vigilancia genética, atención médica y la intersección de la demografía y la economía. @suilee

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